Ser comunidad cristiana

Juan Michel/CMI

Marianela de la Paz Cot | Juan Michel/CMI

Ser comunidad cristiana significa mucho más que vida honesta y salvación porque estas también pueden existir fuera de la iglesia, pues es Dios mucho mayor que la iglesia. Según Tony Brun se puede llamar comunidad cristiana a aquella comunidad humana para la cual Cristo es decisivo. Un Cristo que nos interpela y se escapa de nuestras humanas categorizaciones, pues para Jesús los criterios de salvación ya no pasan por el ámbito del culto sino por el amor al prójimo. El prójimo no se considera la persona de la misma raza, ni de la misma fe, ni del mismo partido, ni de la misma familia, sino cada uno o cada una a quien nos aproximamos de manera redentora sin importarnos su ideología política o su confesión religiosa (Lc. 10, 30-37).

Marianela de la Paz Cot, en su ponencia de la reunión plenaria de la Comisión Fe y Constitución del Consejo Mundial de Iglesias, el 10 de octubre, en Kolympari, Creta.

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Hacia una teología interreligiosa

Si examinamos los elementos fundamentales de las diferentes religiones que conocemos, pronto descubriremos que lo más importante en ellas no es lo que las caracteriza y las distingue unas de otras, sino el hecho de que todas ellas representan una respuesta al misterio de lo sagrado. Todos los seres humanos, en un momento u otro de su vida, se ven abocados a confrontar la realidad del ser, la existencia y la realidad. Es la hora de examinarse a sí mismos, de afrontar sus debilidades y tomar conciencia de sus limitaciones. Están obligados a hacerlo desde su perspectiva, cultura y circunstancias personales. Son hombres y mujeres distintos, ubicados en tiempos remotos o en la época moderna, viviendo situaciones muy diferentes, habitando tierras muy alejadas unas de otras, pero confrontados a la misma realidad de estar en la presencia de lo sagrado, lo que está más allá de los límites de su propia existencia y cae fuera de su capacidad de comprensión.

Enric Capó

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Una superdemocracia desoccidentalizada

Nuestro paradigma civilizacional, elaborado en Occidente y difundido por todo el globo, está haciendo agua por todas partes. Los desafíos (challenges) globales son de tal gravedad, especialmente los de naturaleza ecológica, energética, alimentaria y poblacional, que estamos perdiendo la capacidad de darles una respuesta colectiva e incluyente. Este tipo de civilización se va a disolver.

La humanidad, si no quiere auto-destruirse, deberá elaborar un contrato social mundial con creación de instancias de gobernabilidad global y una gestión colectiva de los escasos recursos de la naturaleza. Si triunfara, se inauguraría una nueva etapa de la civilización humana, posiblemente con menor conflictividad y más cooperación.

(HT:Leonardo Boff)

A propósito, me viene a la mente la famosa frase de Hans Küng, “no habrá paz mundial sin paz entre las religiones, no habrá paz entre las religiones sin diálogo entre las religiones”. Los conservadores -ortodoxos, como prefieren llamarlo algunos- debieran enrolarse también en este diálogo. Su énfasis por el “pensar correctamente” es necesario en estos tiempos álgidos tan necesitados de un diálogo macroecuménico entre no sólo todas las confesiones y religiones, sino entre las comunidades y pueblos que, a merced del Imperio, aún tratan, a veces forzosamente, otras bajo represión totalitarista, de reencontrar sus identidades que van extinguiéndose como arena en las manos.

Ese “pensar correctamente” debe traducirse en un “vivir correctamente” bajo un pathos de igualdad, respetando la identidad y creencias de cada quien. Debe trabajarse finalmente, en una ética mundial responsable que salve estos puentes que hemos construído los seres humanos, y que nos separan los unos de los otros.

De ecumenismo, teología evangélica, y una tabla reveladora