Un cuerpo transgresor: una política de localización

Mi cuerpo es y ha sido una transgresión. No atado a los cánones, siempre encontré en la espiritualidad cristiana un dejo de crítica a lo establecido. Saberse anabautista radical no nombrado debe ser lo más parecido cuando se quiere ser posmoderno sin romper con el pasado de la “vuelta a lo sagrado”.

Me ubico en una confluencia de sentires descolocados. Mestizo por no ser ni negro ni mulato, ni blanco ni trigueño. Mestizo por estar aquí y allí: en medio de lo secular y lo sagrado; a medio camino entre el fruto de la nada (Meister Eckhart) y una isla partida en dos.

Sigo trillando el camino de vivir mi masculinidad, no una nueva por vivir, pero tampoco la misma que había vivido.

Cuando me vi en el espejo de mis etiquetas eché a correr. Jehú, mi héroe bíblico favorito en mi infancia, porque era intrépido y el tiempo le pasaba por encima, forjó mi masculinidad aprendida.

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Códigos de modestia en el pentecostalismo y el mormonismo | Amanda Pumphrey

Imagen«Te ves como una lesbiana». «¿Por qué quieres parecerte a un hombre?» «¡Hey,muchachito!» Esas fueron solo algunas de las palabras que recibí de amigos y familiares cuando decidí cortarme el pelo. Las connotaciones de género que vienen con la forma en que una decide llevar el pelo son un significante general de la obsesión de la cultura dominante con apariencias normativas. Muchas instituciones y congregaciones religiosas continúan manteniendo percepciones normativas sobre la apariencia y la vestimenta. Al crecer en una ciudad conservadora en las zonas rurales de Georgia del Sur y haber sido criada dentro de una tradición pentecostal, mi vida ha estado llena de muchos desafíos en cuanto al género, la sexualidad, y la vestimenta.

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Corporeidades: Tres pedazos | Jonathan Pimentel Chacón

Mi buen amigo Jonathan Pimentel Chacón ha accedido a la invitación que le extendiera para escribir unas breves palabras sobre el cuerpo y la carne desde un punto de vista dialógico/filosófico. Comparto con ustedes estas breves e intensas elucubraciones:

Por Jonathan Pimentel Chacón, autor invitado

En Uppsala, no hay muchos lugares abiertos después de las 7, no en invierno. Pero ella sabe de un lugar y ahí vamos. Vive aquí desde hace 20 años y, habla un español ajeno, pausado, triste. Probablemente el español es, quizá deba ser, una lengua triste. Acaba de regresar de Lund y ahí  ya empezó la primavera. Hablamos poco o nada, con mucho cuidado, sin descuidos. Como hablan las personas que se quieren, insinúan el futuro con silencio. “Piensa bien lo que quieres, arrepiéntete ya, todos se han arrepentido, olvidado o muerto. Tú y ellos, especialmente tú, no tienes ninguna responsabilidad con todo esto. Ninguna responsabilidad es posible ante esto. Toda respuesta produce asco; o crees que puedes responder, que eres capaz de sentarte aquí y decirme que ahora, precisamente ahora, es posible terminar con la repugnancia que me produce estar bien. Es mejor que te retractes, que no pidas lo que no es posible tener”.

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El juego y la competencia

Reposteado desde Amor, ciencia y poesía, blog de Miguel Fernández:

Según Raimon Panikkar: «el que vence engendra odio, el que es vencido sufre; con serenidad y alegría se vive si se superan victoria y derrota».

Al principio Dios creó al ser humano, lo creó en libertad gratificante, para vivir abierto a la universalidad en relación de iguales. Pero el ser humano abandonó la libertad gratificante de Dios para someterse a la imponente esclavitud satánica de convertirse en superior.

Desde su génesis, la humanidad comenzó a rendir culto al vencedor en detrimento del vencido. Esto empezamos a verlo en las guerras mitológicas de los dioses antiguos, seguidas por las guerras de los humanos. En ésta última, el vencedor celebraba junto a su deidad la victoria obtenida. De aquí que la victoria se sacralizó y se divinizó. Pues, en mundos teocéntricos y etnocéntricos la victoria no era simplemente del pueblo, sino del dios nacional que vencía por su pueblo.

El sentido de superioridad, de demostrar que se es mejor que el otro, origina la competencia; en la cual, el otro deja de ser prójimo para convertirse en oponente. La competencia como tal es una lucha constante por demostrar quién es el superior.

Lo patético en todo esto es que un rasgo característico del sentido animal del ser humano se eleve hasta la sacralización, llegando a permear realidades tan libres y gratificantes, como lo es el juego.

Según Hans Georg Gadamer, citado por José Amando Robles, el juego en esencia sólo es entretenimiento y distracción. El juego es solamente eso, juego, y como tal se contrapone al resto de la vida, que por naturaleza es seria. Este es en tal modo, que forma una especie de realidad total y autoreferencial. De manera que sólo cumple el objetivo que le es propio, distracción y entretenimiento, cuando el jugador se abandona del todo al juego. Dicho en otras palabras, el juego mismo tiene una seriedad que se basta a sí misma.

Aquí se hace necesario volver a Panikkar, pues el juego como tal es serenidad y alegría de vida, ya que el mismo trasciende el dualismo victoria-derrota. En el juego, contrario a la competencia, nadie está preocupado por ganarle al oponente, sino que ambos en otredad se entretienen y se distraen envueltos por una realidad subyacente al mundo competitivo que les rodea. Por desgracia, se nos ha instruído para que experienciemos el juego de forma competitiva, destruyendo así, la auténtica naturaleza intrínseca del juego. Cuando en el juego se busca la victoria de unos sobre otros, inmediatamente deja de ser juego para convertirse en competencia.

Hoy muchas personas mueren estresadas, porque el sistema imperante les hace asistir de manera impositiva a una competencia constante para alcanzar la superioridad. Hoy el individualismo reina, porque el egoísmo interesado del ser humano le lleva, por ser superior, a mirar al prójimo como oponente. Se ha olvidado el ejemplo de Jesús, se ha rechazado la naturaleza con que Dios nos creó al principio.

En medio de esto, sólo queda un camino posible: es aprender de Jesús, que nos llama con invitación perpetua a amar aún a nuestros enemigos. Aprender a ser competentes, no competitivos. Volver a ser niños, viviendo mundos mágicos donde todos y todas tengamos participación, donde nadie sea superior, donde seamos iguales. Esta es nuestra proyección utópica de un mundo que se encamina paulatinamente al precipicio creado por el dualismo victoria-derrota.

El cuerpo utópico

Recomiendo este fragmento de un texto de Michel Foucault, publicado por Página|12. Es interesante ver cómo hablar filosófica y poéticamente sobre el cuerpo desentraña conceptos velados, que al versarse puede contemplarse la realidad de eso que acompaña al ser humano y que es su vehículo para sentir, experimentar y vivir la realidad.