Un cuerpo transgresor: una política de localización

Mi cuerpo es y ha sido una transgresión. No atado a los cánones, siempre encontré en la espiritualidad cristiana un dejo de crítica a lo establecido. Saberse anabautista radical no nombrado debe ser lo más parecido cuando se quiere ser posmoderno sin romper con el pasado de la “vuelta a lo sagrado”.

Me ubico en una confluencia de sentires descolocados. Mestizo por no ser ni negro ni mulato, ni blanco ni trigueño. Mestizo por estar aquí y allí: en medio de lo secular y lo sagrado; a medio camino entre el fruto de la nada (Meister Eckhart) y una isla partida en dos.

Sigo trillando el camino de vivir mi masculinidad, no una nueva por vivir, pero tampoco la misma que había vivido.

Cuando me vi en el espejo de mis etiquetas eché a correr. Jehú, mi héroe bíblico favorito en mi infancia, porque era intrépido y el tiempo le pasaba por encima, forjó mi masculinidad aprendida.

Vivo en una isla que no es una e indivisible porque es partida en dos. Con una raya casi derecha quieren dividirla en dos. Vivo en una tierra sufrida, cuya población aborigen fue totalmente exterminada. Se habla de millones de personas muertas. Mis pies pisan historias tristes de gente ida. Música ida, costumbres, historias y tradiciones idas.

Esa es mi localización: una tierra sin nombre, sin rostro, como las muñecas que venden sin cara, que tiene identidad pero no la quieren mostrar. ¿Quiénes no han querido mostrarla y porqué?

¿Cómo se sienten los varones evangélicos ante el androcentrismo y el machismo
imperante?

Muy pocas veces nos hemos hecho estas preguntas honestamente, y mucho menos no hemos compartido en grupos de varones sobre cómo nos sentimos como tales. Tradicionalmente, los grupos de varones en las iglesias se circunscriben al hecho de rendir cuentas, término que supone un imaginario de «traer a la mesa para que vean cómo he estado durante la semana; recibir reprensiones en ‘genuino amor cristiano’ y darme consejos sobre cómo conducirme». Sin reparar en que dentro de cada hombre, hay un varón que de una
manera u otra tiene sentimientos, que muchas veces no los expresa por temor a que su hombría sea diferenciada del pilar donde se espera que esté.

¿Nos estamos dejando interpelar?

La comprensión comienza allí donde algo nos interpela (Gadamer). Dejarse interpelar es renunciar a la hegemonía de querer tener respuestas para todo. Los varones somos bombardeados con la premisa de que somos los escogidos divinos para buscar alguna manera prodigiosa de resolver las cosas (à la MacGyver). Aquellos varones que no caben en el modelo hegemónico son presa de críticas e ignominias. Sus masculinidades son medidas por la ley del más fuerte y por la escalada meritocrática.

Escuchar es preguntarse, es conectarse con el otro o la otra en busca de respuestas. Al escuchar se descubren y se abren posibilidades. Como varones nos vemos exigidos por el modelo hegemónico patriarcal a no escuchar y tener una llave maestra para todo.

La paternidad en el varón se la tiene como reducida, un «andar de la mano», lejana; mientras que en la mujer es amplia, cercana. Al padre se le exige responsabilidad, a la madre cuidado. El padre, según este modelo, debe infundir en hijos e hijas el pensamiento lógico, mientras que se espera de la madre infundir cariño. Todo esto está cuidadosamente construido para dotar al varón de pleno poder de controlar el espacio público, haciendo competencia con otros varones, y relegando la mujer al espacio privado.

Los varones debemos volver a la tierra, hermanarnos y hacernos uno con ella; crear espacios para crear-nos conciencia y cuidar-nos mutuamente; escuchar-nos, dejar-nos provocar, contar-nos historias de vida y experiencias.

Mi política de localización me lleva a asirme de la conciencia histórica.

La conciencia histórica es un paso de doble vía: en primer lugar nos lleva a tener conciencia de la alteridad del otro y de la otra; y en segundo lugar a tener conciencia de la alteridad del pasado (Gadamer, de nuevo).

Desde la perspectiva de la masculinidad hegemónica, se nos ha enseñado que el concepto de cuidado se refiere a «vigilar para que el orden establecido no se rompa». Ante cualquier violación del concepto, se ejecuta el castigo, ya sea público (punitivo), o privado (coercitivo). Un concepto de cuidado basado en la diversidad de nuestras identidades como varones, se enfoca en cuidarnos como parte de la naturaleza. No ya como «señores de la creación y dominadores de la naturaleza», sino como parte de ella. Ese cuidado está interconectado con la tierra. Los varones hemos estado desconectados de la tierra durante mucho tiempo.

Algunos de los textos denominados «sagrados» han sido utilizados para legitimar el estatus de sumisión de las mujeres, pretendiendo que esa relación desigual frente a los varones era fruto de la revelación más que de la cultura. Esas interpretaciones fundamentalistas han dado lugar a dogmas como la creación de la mujer en segundo lugar; su primacía en la caída y su responsabilidad en la entrada del pecado en el mundo, que le hacía merecedora por tanto del castigo a sufrir los dolores del parto y la sumisión a su marido, así como al varón controlar el cuerpo de la mujer. Estos textos son analizados desde la teología feminista en su contexto histórico-socio-eclesial, estudiando el efecto que producían tanto en el momento en que fueron redactados como en la actualidad.

En ese sentido, me considero un lector rebelde. Gracias a la hermenéutica de la sospecha mis lecturas son críticas. Quién está detrás de lo que se lee. Desde dónde se escribió, desde dónde yo estoy leyendo. Todas esas preguntas me interpelan constantemente.

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Arte: The Son of Man (1964). René Magritte

4 pensamientos en “Un cuerpo transgresor: una política de localización

  1. Es interesante Toda la perspectiva que ubicas desde el Género, y las construcciones de la masculinidad a partir de un Otro social.
    No se, pienso en voz alta, ¿hasta que punto el Otro social/iglesia, tiene una biopolitica y un biopoder, sobre el cuerpo?.

    Una pregunta para irla pensando,
    Saludos

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