Implicancias del análisis de género en la teología

La desigualdad de género y el concepto de Dios

La desigualdad entre varones y mujeres, legitimada por el patriarcado histórico que ha permeado las relaciones entre las y los seres humanos, también se ha hecho presente en la teología y la religión.

El concepto de Dios en la teología judeocristiana ha estado marcado por un marco de pensamiento dicotómico excluyente masculino/femenino. El lenguaje utilizado para referirse a la divinidad judeocristiana es únicamente masculino. El término «Dios» es visto como categoría masculina del pensamiento teológico, acuñado y perpetuado por la racionalidad y la lógica del varón (Alida Verhoeven 1988). La teóloga feminista estadounidense Rosemary Radford Ruether (1997a) señala que las evidencias arqueológicas llevan a la conclusión de que la imagen humana más antigua de lo divino era femenina. La «Diosa» como categoría femenina ha sido vista como sinónima de libertinaje y oscurantismo. Las divinidades femeninas son vistas en la biblia como causantes de males, desorden social y paganismo.

Señala Radford Ruether que desde el relato hebreo del Génesis la mujer

en la jerarquía del ser, se convierte en el polo inferior. De este modo la jerarquía Dios-hombre-mujer no solo pone a la mujer en un lugar secundario en relación con Dios: también le da una identidad negativa en relación con lo divino. En tanto el hombre es visto esencialmente como la imagen del yo, o Dios, masculino trascendente, la mujer es vista como la imagen de lo inferior, de la naturaleza material (Radford Ruether 1997a:133).

A lo largo de la historia, la teología judeocristiana ha estado circunscrita por la dicotomía excluyente mente/cuerpo, en donde la mente ha sido vista como imaginario masculino, como sinónima de lo racional y lo puro, y que lleva al conocimiento de Dios. Ese conocimiento de Dios es lo que llevará a conectar el mismo con la función sacerdotal únicamente diseñada para los varones. Sin embargo, en este concepto binario, el cuerpo es la raíz de todos los males, refiriéndose únicamente a lo femenino.

El concepto masculino de Dios ha sido teológicamente construido a partir de la concepción falocéntrica del sacerdote, quien tenía comunión con Dios una vez al año. En la teología neotestamentaria [1], Cristo viene a ocupar el lugar sacerdotal como el «hermano mayor» —primus inter pares—). El muslo del Cristo apocalíptico que viene a redimir la humanidad (cf. Apocalipsis 19,16) es un significante fálico, en cuanto tiene tatuado en él su lema «Rey de reyes y Señor de señores», como principio de una nueva humanidad, en donde ya no hay un rey humano que rija sobre todas y todos, sino que en Jesús la descendencia y la herencia ya están aseguradas. Ese era un gran tema de preocupación para la gente del primer siglo de la era común. Los órganos masculinos simbolizan dote, herencia, y por ende bendición.

Desigualdad de género en la teología

En la teología veterotestamentaria [2] el paradigma masculino es el rey David. Alrededor de su figura se fue construyendo lo que se denomina teología davídica, que no es más que la sacralización de la monarquía en el sistema político del pueblo judío por parte de la clase sacerdotal. El imaginario sacerdotal davídico sirvió de base para la construcción teológica del Cristo de las primeras comunidades cristianas, en cuanto la ascensión de Jesús es vista como la realidad histórica de su exaltación y glorificación (Pablo Richard 2004). La figura masculina del varón hegemónico que rescata a la mujer estéril fue el paradigma del sacerdote judío que, a fuerza de espada, legitima la guerra en nombre de Yahvé.

Ser varón en la religión cristiana

El paradigma adámico del varón que recibe la tentación del pecado por parte de la mujer, fue la base teológica para que la mujer no ocupase el sacerdocio. Mary Condren (1997), considera que Eva ha sido el símbolo del libertinaje, el orgullo, la seducción, la desobediencia, la tentación y la debilidad espiritual de las mujeres, mientras considera a la serpiente como un símbolo fálico. Yahvé primero condena a la serpiente y a la mujer, infringiendo un castigo de índole sexual:

Multiplicaré sobremanera las molestias en tus embarazos, y con dolor parirás a tus hijos. Tendrás ansia de tu marido y él te dominará. Génesis 3,16 (BTI) [3].

Desde aquí se establece la división de roles entre varón y mujer. A la mujer se le confinó al rol reproductor —«con dolor parirás a tus hijos», ámbito privado—, mientras que al varón se le confinó al ámbito público, con el rol de proveedor. Ese rol de proveedor está intrínsecamente relacionado con el de sacerdocio.

El pecado como la libertad domada

Muy pronto el cristianismo adoptó la doctrina del pecado a partir de la cosmovisión platónica del cuerpo como fuente de todos los males. Para redimir el cuerpo del pecado, la teología cristiana tomó influencia de cosmovisiones semitas, en donde se requería sangre para aplacar la ira de una divinidad que enviaba los males a la humanidad por su pecado. El chivo expiatorio (scapegoat) así visto en Cristo fue el medio para que la teología cristiana «redimiese» el cuerpo humano. Con la llegada de Cristo a la vida humana bajo la confesión de creencia en ese sacrificio de sangre, se lograba aplacar la ira de Dios.

El varón aquí visto no es fuente de pecado, por cuanto la morfología de Yahvé se asemeja a él. Dios tiene pene (su «brazo extendido con grandeza», cf. Éxodo 6,6; 15,16;). En pocos pasajes hay imágenes femeninas de Dios (cf. Isaías 42,13.14,16-17; Sabiduría 7,25-26), y esas imágenes venían infundidas de las influencias de la literatura babilónica, tomando cuerpo en los Libros Sapienciales de la biblia. La mujer es vista como fuente de pecado, por lo que los ritos de lavamiento en los períodos menstruales requerían de diversos y variados ritos, en ocasiones costosos por todo lo que implicaba (cf. Levítico 15,28-30).

La cristología: el Dios que nunca menstrua sangre pero eyacula semen

La doctrina de la encarnación de Dios buscó compaginar la divinidad de Jesús de Nazaret, ya convertido en Cristo. María de Nazaret concibe por acción del Espíritu Santo. Aquí Dios actúa como varón concibiendo a María. De esta manera se legitima al varón como productor del conocimiento teológico y religioso, y a la mujer como receptora, teniendo a María como paradigma deseado de la mujer realizada que vindica su servicio a Dios negando su sexualidad (virginidad perpetua) . Desde esa concepción, se elaborarán las funciones eclesiales de las primeras comunidades cristianas sólo destinadas para los varones, mientras que a las mujeres se les empezarán a ver como «servidoras del Reino de Dios».

El concepto teólogico de logos describe a la «palabra encarnada» que supone la encarnación de Dios en Jesús de Nazaret. El término se inspira en una larga tradición de la filosofía religiosa, en la que el logos es el medio por el cual Dios se manifiesta al mundo. El logos resulta ser un concepto cíclico de la divinidad judeocristiana en cuanto crea el mundo, lo guía, se le revela y lo reconcilia consigo (logos spermatikós) (Radford Ruether 1997b).

El concepto masculino de Dios en la teología judeocristiana, llevará a pensar en el Dios que actúa para con los seres humanos, pero nunca como el que recibe amor de los mismos. Dios es proactivo, nunca lo inverso. Esa es una imagen masculina de Dios.

A modo de conclusión: qué historia es que se está narrando

Un análisis de género feminista aplicado a los textos bíblicos, buscará encontrar los y las sujetos invisibilizadas en los textos sagrados, las dinámicas sociales que operan en los mismos, las unidades de sentido propias del texto, y cómo las instituciones sociales presentes en las épocas narradas o desde donde se escriben las historias, tienen mucho que ver con las desigualdades históricas de género. Los enfoques posmodernos y liberacionistas buscan desentrañar las intenciones que pudieran haber tenido los y las autoras de los textos al escribirlos, prestando especial atención a las figuras que aparecen en forma peyorativa, dejando de lado toda interpretación simplista de los textos. Para finalmente, elaborar una teología feminista que libere a las mujeres del yugo opresor al que han sido sometidas en nombre de Dios, y que lleve a los varones a solidarizarse y hacer suya esta lucha.

Notas

[1] Del Segundo Testamento de la biblia, comúnmente llamado Nuevo Testamento.

[2] Del Primer Testamento de la biblia, comúnmente llamado Antiguo Testamento.

[3] Biblia Traducción Interconfesional.

Referencias

Condren, Mary. 1997. «Eva y la serpiente: el mito fundamental del patriarcado», Trad. por Ondina Victoriano, en Ress, Mary Judith; Ute Seibert y Lene Sjørup, eds. Del cielo a la tierra: una antología de teología feminista. Serie Crítica Cultural Feminista. Santiago, Chile: Sello Azul, 209, 211.

Radford Ruether, Rosemary. 1997a. «El sexismo y el discurso sobre Dios: imágenes masculinas y femeninas de lo divino», Trad. por Ondina Victoriano, en Ress, Mary Judith; Ute Seibert y Lene Sjørup, eds. Del cielo a la tierra: una antología de teología feminista. Serie Crítica Cultural Feminista. Santiago, Chile: Sello Azul, 127.

Radford Ruether, Rosemary. 1997b. «Liberar a la Cristología del patriarcado», en Loades, Ann, ed. Teología feminista. Bilbao: Desclée de Brouwer, 193.

Richard, Pablo. 2004. El movimiento de Jesús antes de la Iglesia: una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles. Santo Domingo: Ediciones MSC, 29.

Verhoeven, Alida. 1988. «Concepto de Dios desde la perspectiva femenina. Una percepción», en Tamez, Elsa, ed. El rostro femenino de la teología. 2ª. ed. Colección Mujer Latinoamericana. San José: Departamento Ecuménico de Investigaciones, p. 109.

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