Androcentrismo en la teología y en las iglesias: el género masculino como requisito para acceder al sacerdocio y al pastorado

Las lecturas conservadoras y androcéntricas de los textos bíblicos denigran a las mujeres por debajo de los varones, poniendo como centro de la revelación y vaciamiento divino (kenósis) a estos últimos. Dios se ha revelado y se ha «vaciado» a través del varón, señalan. Ha hecho su tienda en medio de los varones, echando a un lado a las mujeres. Hay que recordar que en el Templo de Jerusalén —«la tienda mayor»— las mujeres estaban confinadas al patio de las mujeres, y la entrada al santuario les estaba impedida sólo por ser mujeres. Sólo los varones podían pasar al santuario.

Con ese esquema social en mente se escribieron los textos bíblicos. Las primeras comunidades cristianas no estuvieron exentas de conflictos relacionados con el liderazgo de las mujeres (cf. 1 Co 14,33b-35).

En la iglesia católica se les prohíbe a las mujeres el acceso al sacerdocio, al igual que en la mayoría de iglesias evangélicas. Se toma como excusa el que Jesús de Nazaret haya designado sólo a varones como discípulos. También se toman textos como el señalado anteriormente como «impedimento divino» para que las mujeres accedan al oficio de mayor rango eclesiástico. Ello causa que en las iglesias, así como sucede en las sociedades, las mujeres continúen siendo entes reproductoras en ese sistema hegemónico y jerárquico.

La función que se abrogan las iglesias al impedir a las mujeres el acceder al sacerdocio o al pastorado, se resume en sacralizar la discriminación, la opresión y la invisibilización de las mismas, reduciéndolas a un asunto de «voluntad divina» y de porque la «biblia lo dice así».

Las actividades pastorales que ejecutan las mujeres en las iglesias están regidas por la «especificidad» de su condición de «mujeres servidoras» que la jerarquía eclesiástica les da. Actividades como el cuidado a personas envejecientes, a niñas y niños —nursery—, visitas a hospitales y demás, son ejecutadas por mujeres. El «instinto maternal» es reforzado con programas androcéntricos basados en que la mujer debe asumir el rol de «sumisa» en el hogar, y en muchos casos, recomendándosele que es mejor quedarse en casa cuidando a las/os niñas/os que trabajar fuera de casa.

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