Los Estudios de la Mujer y el poder entre los varones: una reseña

Bonder, Gloria. (1982). «Los estudios de la mujer y la crítica epistemológica a los paradigmas de las ciencias humanas». Trabajo presentado en el Primer Coloquio Internacional sobre Investigación y Enseñanza Relativos a la Mujer. Montreal.

Kaufman, Michael. (1997). «Las experiencias contradictorias del poder entre los hombres», en Masculinidad/es: poder y crisis. Santiago, Chile: Isis Internacional.


En las décadas de 1960s y 1970s se empezaron a articular los Estudios de la Mujer [1] en universidades de países como Estados Unidos, Reino Unido, Francia e Italia. En su ensayo, la psicóloga y educadora argentina Gloria Bonder da una mirada a través de cuatro capítulos sobre cómo fueron tejiéndose los Estudios de la Mujer en la academia.

El primer capítulo esboza las características y perspectivas de los Estudios de la Mujer en cuanto disciplina académica desde sus orígenes. La principal tarea de esta área de estudio e investigación es llamar la atención sobre la omisión y distorsión del comportamiento femenino así visto por la ciencia y la educación. Marcia Westkott, psicóloga social y profesora de Estudios de la Mujer en la Universidad de Colorado Boulder, Estados Unidos, establece cuatro aspectos en los que se han concentrado los Estudios de la Mujer: a) el concepto de ser humano como proyección de lo masculino en las ciencias humanas; b) el contenido de los conocimientos basado en la mujer como desviante de lo masculino e inferiorizada; c) los métodos utilizados para obtener esos conocimientos, mayormente basados en una lógica positivista y la negación de la valoración; y d) cuál es la finalidad del conocimiento (Bonder 1982: 28,29). A partir de aquí se tratan de establecer los primeros pasos para establecer una ciencia social para las mujeres que como propuesta, libere a las mujeres de la subordinación y la infravaloración a las que han sido sometidas.

El segundo capítulo muestra los procesos de construcción de paradigmas en la ciencia y el conocimiento científico. M. R. Lores Arnaiz, investigadora de la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires, Argentina, establece una relación entre el concepto de paradigma de T. S. Kuhn y el concepto de Supuestos Básicos Subyacentes (SBS) del sociólogo y filósofo estadounidense Alvin W. Gouldner. Los SBS se distinguen en dos tipos: 1) supuestos ontológicos (mundo); y 2) supuestos de ámbitos limitados (ser humano y sociedad) (Bonder 1982:30,31). Lores Arnaiz le reclama a la epistemología la tarea de descubrir y explicitar los SBS de las teorías sociales (Bonder 1982:31).

Al respecto, la propuesta de Gloria Bonder sigue a la de la feminista y catedrática australiana Dale Spender, en el sentido de que es necesario encuadrar la noción de los paradigmas científicos de Kuhn desde una «política del conocimiento», a fines de analizar y dejar en claro las relaciones existentes entre las estructuras sociales y las formas de poder imperantes. Spender señala que los paradigmas tienen su lugar en una «política de la denominación». Bonder concluye que es imprescindible explicitar la manera en cómo las ciencias sociales han representado a las mujeres. De esas representaciones han devenido verdades científicas que es menester analizar desde la política del conocimiento de Spender.

El tercer capítulo inicia con tres preguntas fundamentales que los Estudios de la Mujer deben formular a la psicología según la psicóloga social feminista estadounidense Martha Mednick: la primera, en cuáles elementos se basa una crítica epistemológica relacionada a las premisas de la naturaleza en relación a las mujeres; la segunda, cuáles son las áreas sustantivas del conocimiento que han sido descuidadas en relación al estudio de la mujer; y la tercera, cómo ha afectado ese descuido a la psicología.

Bonder señala que esa crítica epistemológica puede transferirse a las demás ciencias sociales, lo que deviene en hacer un análisis crítico de los paradigmas por igual. La psicóloga argentina reseña que la tarea básica que esta crítica ha hecho desde las áreas conceptual y metodológica, se resume en debatir los supuestos básicos subyacentes para visibilizar los paradigmas presentes en las disciplinas sociales en relación a la condición de la mujer y las diferencias y semejanzas entre los sexos. Como resultado de ello, se ha constatado la permanencia del supuesto básico subyacente relacionado a equiparar lo humano con lo masculino y viceversa.

Es necesaria una crítica a la ciencia desde la experiencia de las mujeres. Las ciencias y las disciplinas han omitido y distorsionado el conocimiento de las mujeres, estableciendo como único canon y paradigma una concepción sexista, falocéntrica y patriarcal. Es por ello que es menester construir nuevos paradigmas que desde la concepción de las mujeres no muestren un sesgo a la condición femenina, abstrayéndola del discurso científico. Como apunta la académica feminista francesa Hélène Cixous, pervive una cultura falogocéntrica que se apropia del logos discursivo, de forma dualista y jerárquica, viendo a la mujer como lo Otro, lo negativo y lo reprimido (Bonder 1982:34).

El cuarto capítulo coloca a los Estudios de la Mujer en perspectiva analítica y de futuro. La socióloga canadiense Dorothy Smith se pregunta cómo hacer de nosotras las mujeres [2], sujetos —y actoras— de conocimiento, porque aún no sabemos cómo gestar ese conocimiento desde el centro de nuestra experiencia.

Sin embargo, Bonder señala que la construcción de conocimiento desde la especificidad femenina puede ser problemática, porque esta se ha reducido a una noción de diferencia con el varón, que remite tanto a lo anátomo-fisiológico como a los fenómenos socio-mentales.

En su ensayo, el escritor canadiense Michael Kaufman relata cómo el mundo de los varones es a la vez un mundo de poder y un mundo de dolor. La masculinidad se ha visto como la capacidad del varón para tener poder y control a su antojo. El varón nace con poder social y privilegios. El poder y el dolor en los varones son dos experiencias contradictorias. Es necesario establecer la distinción entre el sexo biológico y el género socialmente construido.

La socióloga australiana R. W. Connell ha estudiado en detalle el concepto de formas hegemónicas de masculinidad. Para los varones, resulta imposible cumplir los requisitos que requiere ser varón en ese modelo hegemónico, que se abroga ser el único deseable. El patriarcado surge aquí como marco referencial del sistema de poder que sustenta a ese modelo. Por lo que se desprende que ser varón supone tener algún tipo de poder, y hay que demostrarlo. El poder hegemónico en los varones tiene dos vías: una relacionada a la vida/diversidad, y otra referente al control/dominación. El poder es la capacidad de ejercer ese control sobre la vida y la diversidad.

Kaufman trae a colación el concepto de gender work [3], que muestra cómo las relaciones de género son interiorizadas como si fueran una espiral, en un proceso en el que se crea y se recrea en una actividad constante. La masculinidad hegemónica no escapa a esta realidad. Ella se encarga de suprimir las emociones en los varones, derivada en un descontento y apatía en todo lo relacionado al placer de cuidar de otros, la receptividad, la empatía y la compasión (Kaufman 1997:70), actividades tradicionalmente asociadas con la feminidad.

Partiendo de aquí, la homofobia supone una fuente de intenso temor para los varones, ante la amplia gama de necesidades y sentimientos que se nos presentan. El poder trae temor. La masculinidad dominante causa al mismo tiempo un miedo hacia lo femenino (represión). La masculinidad hegemónica está íntimamente atada al poder y la alienación. El sociólogo británico Jeff Hearn argumenta que el poder a su vez produce distanciamiento (Kaufman 1997:72). El psicoanálisis feminista sostiene como punto central que ante la distancia y separación de muchos padres en cuanto a las tareas de alimentación y cuidado de sus hijos, el concepto de masculinidad interiorizado por los niños se basa en una imagen de fantasía y lejanía, opuesto al de unidad y fusión que el niño logra con la madre.

Para finalizar su ensayo, Kaufman reseña las dos corrientes principales que para mediados de los 1990s habían confluido en el denominado movimiento de los hombres: una es el movimiento mítico-poético de los hombres, que llegó a ser importante particularmente en la última parte de los 1980s, especialmente con autores como el poeta estadounidense Robert Bly. Este movimiento enfatiza el dolor y el costo de ser varón. Kaufman enfatiza que si bien hay ciertas ideas progresistas en ese movimiento, no es menos cierto que ignora lo que Kaufman y su colega Michael Kimmel han llamado la herida madre (Kaufman 1997:78, n. 25). Mientras el movimiento mítico-poético ha enfatizado el dolor, ha descuidado la relación intrínseca que existe entre este y el poder social. La otra corriente es el movimiento profeminista, una tendencia menos numerosa que busca enfocarse en las expresiones del poder en los varones con una clara apuesta a favor de los derechos de las mujeres, luchando también por la mejoría de la vida de los varones y el impacto de la homofobia en las sociedades.

***

La crítica de Mednick desde los estudios de la Mujer a la psicología nos muestra que una concepción monocromática de la ciencia sobre la mujer necesita ser desechada, abriendo paso a una reelaboración de premisas científicas que partan de los diversos rostros y formas de ser mujer.

Bonder habla de «especificidad de la mujer» (p. 34), dejando el término ambiguo y sin una explicación satisfactoria y atrapada en el lenguaje. Por un lado, pareciera legitimar la jerarquización existente de varones sobre mujeres, en cuanto estas como sujetos específicos, mientras los varones son juzgados como sujetos generales por la lógica dominante.

Por otra parte, no explicita la psicóloga argentina si cuando habla de «especificidad de la mujer», se refiere a los discursos creativos de los sujetos invisibilizados que contrastan con el discurso dominante. La cuestión que queda abierta es si la especificidad de esos discursos, así entendida, y vista desde la construcción de un discurso «desde la perspectiva de las mujeres», acaso no legitima que el discurso hegemónico es aquel discurso de la generalidad. El riesgo para la construcción de un discurso plural que elimine toda discriminación en contra de las mujeres, es suponer que el discurso desde las mujeres es un discurso específico en tanto es diferente, abstrayéndolo de la necesidad de no englobarlo como específico dentro de lo general.

Aquí preferimos hablar de agencia, término que, desde la experiencia de las mujeres latinas en Estados Unidos, posiciona a las mujeres como actoras de conocimiento, no sólo sujetos, sino quienes producen conocimientos y accionan en la incidencia pública desde esos conocimientos. El pastor y teólogo pentecostal estadounidense Gabriel Salguero define la agencia como «la capacidad de vivir hacia nuevas alternativas» [4].

Kaufman enfatiza el largo período de dependencia infantil que caracteriza a los y las seres humanas, y se pregunta si esa característica biológica acaso no es vivida en sociedad a través del desarrollo de una psique genérica a través de la personalización de las categorías, valores y creencias, con el sexo como aspecto fundamental de autodefinición y vida (p. 69).

Dos conjuntos de binariedades están presentes en el ensayo del escritor canadiense: a) el gender work como poder y como carencia. Aquí Kaufman señala las categorías ontológicas de género tanto positivas como negativas, como parte de una dinámica dentro-fuera, y b) la dinámica poder/dolor, que está presente en todo el ensayo. Mientras al mismo tiempo se muestra el poder, de esa misma manera se reprime el temor al dolor.

Critica al movimiento mítico-poético de hombres en tanto se ha apropiado de una mezcla de culturas indígenas en sus rituales. Toman como rituales de iniciación formas culturales diversas, extrayéndolas de sus contextos, sin ofrecer ningún marco referencial a ellas, cual si fuesen una mall enorme llena de boutiques ritualistas [5]. El hecho de abstraer estos rituales desde un crisol de culturas, en parte asiática, en parte africana y en parte indígena americana, muestra que

[a]ún la visión más generalizada hacia los mismos mitos, arquetipos y préstamos antropológicos, muestran que todas las culturas que tanto celebra el movimiento de los hombres como facilitadoras de una masculinidad profunda, han sido precisamente esas culturas en donde el estatus de las mujeres ha sido el más bajo. [6]

Notas:

[1] Women Studies, en inglés; Etudes Féminines/Recherches Féministes, en francés. En América Latina y el Caribe se conocen como Estudios de la Mujer o Estudios sobre la Condición Femenina, habiendo iniciado a finales de los 1970s en el continente.

[2] Hemos utilizado nosotras como forma de incluirnos como varones que asumen las luchas por la visibilidad y agencia que sostienen las mujeres.

[3] El concepto de Gender work se traduce usualmente al castellano como construcción de género.

[4] “Agency, the power to live toward alternatives […].” Gabriel Salguero. Otoño 2003. “Multicultural ministry: a vision of multitude. Response to Elizabeth Conde Frazier,” en Perspectivas. Issue 7. New Jersey: Hispanic Theological Initiative, 86. Extraído el 8 de junio de 2011 desde http://www3.ptsem.edu/uploadedFiles/Offices/Continuing_Education/prereading.pdf

[5] Kimmel, M. S. & Kaufman, M. (1993). “The new men’s movement: Retreat and regression with America’s weekend warriors.” Feminist Issues 13(2), 3-21. Obtenido de EBSCOhost.

[6] Kimmel & Kaufman, op. cit. “Even the most cursory glance at the same myths, archetypes and anthropological borrowings reveal that all the cultures so celebrated by the men’s movement as facilitating deep manhood have been precisely those cultures in which women’s status was lowest.”

Imagen: Donald Diddams, “Per Ankh Performer” (2009).

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