El juego y la competencia

Reposteado desde Amor, ciencia y poesía, blog de Miguel Fernández:

Según Raimon Panikkar: «el que vence engendra odio, el que es vencido sufre; con serenidad y alegría se vive si se superan victoria y derrota».

Al principio Dios creó al ser humano, lo creó en libertad gratificante, para vivir abierto a la universalidad en relación de iguales. Pero el ser humano abandonó la libertad gratificante de Dios para someterse a la imponente esclavitud satánica de convertirse en superior.

Desde su génesis, la humanidad comenzó a rendir culto al vencedor en detrimento del vencido. Esto empezamos a verlo en las guerras mitológicas de los dioses antiguos, seguidas por las guerras de los humanos. En ésta última, el vencedor celebraba junto a su deidad la victoria obtenida. De aquí que la victoria se sacralizó y se divinizó. Pues, en mundos teocéntricos y etnocéntricos la victoria no era simplemente del pueblo, sino del dios nacional que vencía por su pueblo.

El sentido de superioridad, de demostrar que se es mejor que el otro, origina la competencia; en la cual, el otro deja de ser prójimo para convertirse en oponente. La competencia como tal es una lucha constante por demostrar quién es el superior.

Lo patético en todo esto es que un rasgo característico del sentido animal del ser humano se eleve hasta la sacralización, llegando a permear realidades tan libres y gratificantes, como lo es el juego.

Según Hans Georg Gadamer, citado por José Amando Robles, el juego en esencia sólo es entretenimiento y distracción. El juego es solamente eso, juego, y como tal se contrapone al resto de la vida, que por naturaleza es seria. Este es en tal modo, que forma una especie de realidad total y autoreferencial. De manera que sólo cumple el objetivo que le es propio, distracción y entretenimiento, cuando el jugador se abandona del todo al juego. Dicho en otras palabras, el juego mismo tiene una seriedad que se basta a sí misma.

Aquí se hace necesario volver a Panikkar, pues el juego como tal es serenidad y alegría de vida, ya que el mismo trasciende el dualismo victoria-derrota. En el juego, contrario a la competencia, nadie está preocupado por ganarle al oponente, sino que ambos en otredad se entretienen y se distraen envueltos por una realidad subyacente al mundo competitivo que les rodea. Por desgracia, se nos ha instruído para que experienciemos el juego de forma competitiva, destruyendo así, la auténtica naturaleza intrínseca del juego. Cuando en el juego se busca la victoria de unos sobre otros, inmediatamente deja de ser juego para convertirse en competencia.

Hoy muchas personas mueren estresadas, porque el sistema imperante les hace asistir de manera impositiva a una competencia constante para alcanzar la superioridad. Hoy el individualismo reina, porque el egoísmo interesado del ser humano le lleva, por ser superior, a mirar al prójimo como oponente. Se ha olvidado el ejemplo de Jesús, se ha rechazado la naturaleza con que Dios nos creó al principio.

En medio de esto, sólo queda un camino posible: es aprender de Jesús, que nos llama con invitación perpetua a amar aún a nuestros enemigos. Aprender a ser competentes, no competitivos. Volver a ser niños, viviendo mundos mágicos donde todos y todas tengamos participación, donde nadie sea superior, donde seamos iguales. Esta es nuestra proyección utópica de un mundo que se encamina paulatinamente al precipicio creado por el dualismo victoria-derrota.

2 pensamientos en “El juego y la competencia

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