Resurrección a una nueva humanidad

© Jessica Miller


Primero y ante todo, os transmití lo que yo mismo había recibido: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a lo anunciado en las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, conforme a esas mismas Escrituras; que se apareció primero a Pedro, y más tarde a los Doce.

1 Corintios 15, 3-5, BTI



Es ésa la confesión de fe más importante y significativa sobre la resurrección de Jesús de Nazaret, según los estudiosos, probablemente acuñada pocos años después de los sucesos acaecidos con el profeta galileo, y que luego fue pasando de boca en boca, de comunidad a comunidad, en forma de himnos, pequeñas glosas o confesiones de fe, como las encontradas en 1 Ts 3, 16.4, 14; Flp 2, 6-11; 1 Tm 3, 16; Ef 4, 7-10; y Rm 10, 5-8.

La resurrección de Jesús como entrada a la «Vida» de Dios

El teólogo español José Antonio Pagola señala lo siguiente sobre en qué consiste la resurrección de Jesús:


La resurrección es algo que le ha sucedido a Jesús. Algo que se ha producido en el crucificado, no en la imaginación de sus seguidores. Esta es la convicción de todos. La resurrección de Jesús es un hecho real, no producto de su fantasía ni resultado de su reflexión. No es tampoco una manera de decir que de nuevo se ha despertado su fe en Jesús. Es cierto que en el corazón de los discípulos ha brotado una fe nueva en Jesús, pero su resurrección es un hecho anterior, que precede a todo lo que sus seguidores han podido vivir después. Es, precisamente, el acontecimiento que los ha arrancado de su desconcierto y frustración, transformando de raíz su adhesión a Jesús. [1]



¿Qué es lo que le ha sucedido a Jesús que ahora sus discípulas y discípulos adquieren nuevos bríos y ya no son aquellos que no podían orar ni siquiera una hora con él (cf. Mt 26, 40b.41)? ¿Qué es lo que le ha sucedido a Jesús que ahora sus discípulas hablan y toman la palabra y ya no son aquellas que se quedaban ensimismadas sentadas frente al sepulcro de su Rabboní (cf. Mt 27, 61)?

Algo sucedió con el profeta galileo al tercer día de su muerte. El tercer día supone en la literatura veterotestamentaria un día de culminación después de la reflexión; un día de levantarse (anistanai) del sheol —que es el lugar, según la concepción bíblica, donde descienden las personas al morir—. En el tercer día del primer relato de la creación del Génesis, brotó de la tierra (se produjo) vegetación (Gn 1, 12a). Al tercer día de su peregrinaje a Moriá, Abrahán vio el lugar en donde sacrificaría a su hijo Isaac por mandato de Yahvé (Gn 22, 4). [2] En el libro de Éxodo aparece un relato en donde el tercer día es aquel en el que Yahvé se deja oír por el pueblo hebreo (Ex 19, 10.11). Yahvé instruye a Moisés que establezca un límite infranqueable —símbolo en la cultura judía de la separación entre lo sagrado y lo profano— para que el pueblo ni los sacerdotes pasaran, so pena de ser ejecutados.

Oseas retoma, en un bellísimo oráculo (6, 1.2), el concepto de volver a la vida al tercer día y revivir en la presencia de Yahvé en consecuencia. Comentarios midrásicos como el Midrás Rabbá interpretan esta pequeña glosa como «el día de la resurrección de los muertos», o «el día de las consolaciones en el que Dios hará revivir a los muertos y nos resucitará». [3]

La resurrección como plenificación escatológica del pueblo de Dios

Con la resurrección ya no hay separación entre lo sagrado y lo profano en cuanto dicotomización de la historia. En ella, Dios se «inserta» en la historia humana en Cristo resucitado a través de la obra del Espíritu Santo. El pueblo de Dios, la casa habitada —Oikos— y la Divinidad se plenifican transversalmente en el kairos —tiempo de Dios—, llevando la esperanza de una nueva vida y una nueva humanidad en nuestro presente —cronos—.

La resurrección como liberación de los sistemas opresores

La resurrección supone también un clímax en la historia, a través del testimonio cristiano y la fe en Jesucristo, de la liberación de los sistemas opresores que oprimen, marginan y excluyen a las personas, cerrándole el paso a las mayorías. Las comunidades de fe debieran encarar el testimonio de Cristo resucitado, proclamando una esperanza que apele a la historia y a la justicia profética. Las tumbas de nuestras muertes como seres humanos y humanas fueron también vaciadas con la Resurrección; nuestra liberación como personas integrales y sujetos de libertad, fue sellada con el evento pascual. Así como la resurrección de Jesús supuso la proclamación de su señorío —«¡Cristo es el Señor!» fue la primera confesión cristiana post-pascual— por sobre las leyes del Imperio Romano que obligaban a dar todo honor y adoración al César —«¡César es el Señor!» era la confesión que se esperaba que todo habitante del Imperio proclamara, de esa misma manera la denuncia profética y el compromiso con la justicia, suponen la proclamación y la instauración de una nueva humanidad, en donde todas y todos se sientan a la mesa a compartir y contar sus historias, sin ninguna discriminación ni exclusión.

En su ya clásica obra Espiritualidad de la liberación [4], Pedro Casaldáliga y José María Vigil señalan que


[c]on razón, a lo largo de la Historia se ha criticado a las Iglesias cuando han apelado a la resurrección y han propugnado la esperanza sin apelar simultáneamente a la Historia y a la justicia. La utilización de la esperanza, desencarnada de los compromisos sociales y políticos, justificaría plenamente el reproche de Marx a la religión y, concretamente, a la religión cristiana, como «opio del pueblo». [5]



La resurrección supone un cambio de cosmovisón, es una nueva hoja de ruta que se entrecruza en nuestro camino invitándonos a pasar de meros espectadores de la vida, a ser actores de la historia, en la única historia que existe.

Notas

[1] Pagola, José Antonio. 2007. Jesús. Aproximación histórica. Madrid: PPC, 416.

[2] En la tradición cristiana, el episodio del sacrificio de Isaac por parte de su padre Abrahán, supone un paralelo con la ejecución de Jesús en tanto ambos escaparon de la muerte (cf. Heb 11, 19).

[3] Pagola, José Antonio. Op. cit., 415.

[4] Casaldáliga, Pedro; Vigil, José María. 1993. Espiritualidad de la liberación. Guatemala: Editorial Lascasiana.

[5] Casaldáliga, Pedro; Vigil, José María. Op. cit., 276.

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