Pentecostalismo y mesianismo

En julio del año pasado Alejandro Vázquez, Eliana Gilmartin y otros tantos, conversamos tanto en Teología Sin Nombre como en el blog de Alejandro, sobre el pentecostalismo y las tesis del sociólogo de la religión suizo-francés Jean Pierre Bastian sobre las implicancias de ese movimiento eclesiológico en la cultura y la sociedad.

Los comentarios que expuse en ambas entradas los refundé y les agregué unos cuantos puntos para completar el artículo:

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A partir del Concilio Vaticano II la Iglesia Católica (ICR) renueva su liturgia y denomina a los evangélicos «hermanos separados». Las nuevas canciones que se entonaban en los grupos carismáticos católicos tenían acordes y formas muy similares a los de la Nueva Canción. Sin embargo, estos grupos no lograban una empatía total con las masas. El sacerdote, externo a la comunidad, era visto como un extraño, o bien alguien que importaba todo un sistema para implantarlo en la comunidad. Es esa necesidad de figuras patriarcales pero comunes la que viene a llenar los grupos e iglesias pentecostales. Pastores que eran la misma gente del pueblo, que en muchas ocasiones trabajaban de día y predicaban de noche, se llegaron a ganar la confianza y el liderazgo de la comunidad, muchas veces teniendo un discurso más «palpable» y «alejado del Imperio» que sus contrapartes católicos.

Señala el sociólogo de la religión Jean Pierre Bastian:

La cultura religiosa y política de los pentecostalismos y de los ‘protestantismos’ latinoamericanos actuales es autoritaria y vertical. […] Este mesianismo, típico de las grandes sociedades pentecostales, reaparece en todos los escalones de la jerarquía religiosa pentecostal, comenzando desde el nivel de la congregación local, donde el pastor, además de propietario del templo y del terreno en el cual consolidó su empresa religiosa iniciada a menudo en la calle, es asimismo amo absoluto.[1]

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Aimee Semple McPherson


Esa cultura religiosa y política en efecto tiende a sesgar y condenar todo lo que adopte postulados -y aún formas- diferentes. Lo vertical en este caso funciona como una onda expansiva desde arriba hacia abajo, en donde las decisiones más importantes se toman en «cuarto frío» unilateralmente o convocando una «junta», de modo que todo lo que se decida allí debe ser acatado democráticamente.

Arlene Sánchez-Walsh, profesora asociada de Historia de la Iglesia y de Estudios de la Iglesia Hispana en la Universidad del Pacífico de Azusa, rescata la historia de Aimee Semple McPherson (1890-1944) en su artículo «Cult of personality» («Culto a la personalidad») en Books & Culture (Mayo/Junio 2008), en donde resalta el mesianismo, devoción y sexualidad que rodeó a esa mítica predicadora. McPherson llegó a desaparecer durante varios días sin conocerse su paradero, ni saberse que hacía mientras se encontraba desaparecida. En el museo del Templo Angelus -de la Iglesia Cuadrangular, de la que ella fue su fundadora- en Los Angeles, CA, hay una «sala de milagros» donde se exhiben las sillas de ruedas, muletas, espejuelos y hasta cosméticos de la carismática predicadora, que fue muy popular en la década de 1920s y 30s.

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Liborio Mateo

Para ese tiempo, en República Dominicana se daba otro fenómeno similar: Olivorio Mateo -también llamado Liborio-, un humilde agricultor de San Juan de la Maguana, aseguraba «haber recibido una revelación de Dios» luego de haber desaparecido por dos años y habiéndoselo dado por muerto. Mateo conformó todo un movimiento político-religioso que tenía como centro devocional su persona. Abogaba por el rescate de los valores morales perdidos -República Dominicana había sido intervenida por Estados Unidos en 1916-, exorcizaba a los personas que venían a él para ser curados, y se le atribuían poderes mágicos entre otras características. Luego de su muerte en 1922, el culto alrededor de su persona creció. Luego de la dictadura de Rafael Trujillo (1930-61), el Olivorismo -como se le denominó al movimiento- resurgió con más fuerza, concitando la atención de la ICR y del Gobierno. Esto desembocó en la Matanza de Palma Sola, a fines de 1962, cuando el Olivorismo empezaba a darse a conocer por toda la geografía dominicana. Si bien Olivorio Mateo no era protestante, su figura y legado se circunscribe en la historia religiosa e influencia los imaginarios de la religión popular en Dominicana.

Asimismo, resalta la figura de Elupina Cordero quien durante buena parte de la primera mitad del siglo pasado tuvo una gran influencia religiosa de tipo mesiánico en el este de la isla caribeña. Mucha gente acudía a su botica a ser curadas de diversas enfermedades. Al día de hoy, Elupina Cordero es venerada en su ciudad de Sabana de la Mar como una santa.

Resalta también el liderazgo de Juanita García Peraza (Mita) y Teófilo Vargas Seín (Aarón), fundadora y «heredero», respectivamente, de la Congregación Mita, en Puerto Rico, cuyo carisma ha movido a miles de feligreses en casi diez países.

Todas estas formas de liderazgo mesiánico pentecostal o con el respectivo ropaje, se han venido repitiendo a través de toda la plétora de las comunidades pentecostales. Pastores y pastoras en algunos casos iletrados, y que se valen de otros para leer los pasajes bíblicos mientras predican, son los líderes de sus comunidades religiosas. Aquí impera el carisma sobre el conocimiento, porque «la mucha letra mata». Y esto es relevante y entendible a los ojos de las masas del proletariado rural y urbano que no comprenden muchos términos y rituales complicados, pero sí endosan sermones de palabras comunes y clichadas, rituales espirituales llenos de fenómenos como la glosolalia, el exorcismo o movimientos extáticos.

Ocurre un elemento interesante que es a la vez polémico intrínsecamente: al mismo tiempo que se apela a la cultura popular rescatando la música y los imaginarios religiosos de lo popular, se condena al mismo tiempo a estos elementos, estableciendo una dicotomía entre lo «sacro» y lo «secular», bajo un esquema contracultural que a grandes rasgos crea todo un mercado de consumo paralelo.

A falta de una neumatología en los inicios de la cristología pentecostal, ese «vacío» iba siendo llenado a través de las manifestaciones visibles y «tangibles» de la glosolalia y demás ritos relacionados. Tenía que ser así porque las comunidades pentecostales nacieron y se desarrollaron en zonas rurales de clase proletaria.

En algunas culturas pentecostales se despreciaban las artes, la literatura, los aniversarios, etc. En fin, toda forma extra-eclesial. Y es que en muchas sociedades pentecostales el locus theologicus ha sido por mucho tiempo el templo físico. En él discurre el clímax de la experiencia pentecostal a plenitud.

Samuel Escobar señala en su libro Irrupción juvenil que mejor se aceptaban las canciones folklóricas anglosajonas que traían consigo los misioneros, en lugar de componer letras con música autóctona de esas tierras, porque se reputaba de «paganos» esos ritmos y acordes. Esto llevó poco a poco a un desprecio por el arte y música autóctonos de esas tierras, en aras de abrazar lo importado.

Referencias:

[1] Bastian, Jean Pierre. Protestantismos y modernidad latinoamericana, p. 294, citado por Eliana Gilmartin en «Jean Pierre Bastian para la polémica», http://teologiasinnombre.blogspot.com/2008/07/jean-pierre-bastian-para-la-polmica.html, Teología Sin Nombre.

Bibliografía:

Escobar, Samuel. 1977. Irrupción juvenil. Miami: Editorial Caribe.

Sánchez-Walsh, Arlene. «Cult of personality» en Books and culture, mayo/junio 2008. Carol Stream, IL: Christianity Today.

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