Domingo de Ramos: un hombre humilde es aclamado por el pueblo de Jerusalén

Domingo de Ramos

De la reflexión bíblica semanal de la Red Ecuménica Bíblica Dominicana:

INTRODUCCION: En esta semana celebramos unos acontecimientos muy importantes para la fe cristiana: la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. El es asesinado como consecuencia de un mensaje de salvación y unas acciones de solidaridad y liberación, comprometidas a favor de la vida. Su ejemplo nos motiva a vivir como criaturas nuevas, construyendo cada día el proyecto de otro mundo posible, a pesar de las dificultades que tenemos que enfrentar.

Los días Jueves, Viernes y Sábado Santos, son, según la tradición cristiana, los días más importantes de la Semana Santa. Se le suele llamar el triduo pascual. Ojalá que estas celebraciones nos ayuden a fortalecer nuestra fe en Jesucristo, el hijo del Dios vivo, y en el compromiso con el Proyecto de defensa de la vida de todos y todas, y en especial de las y los débiles y excluidos sociales.

1ªL: Isaías 50,4-7. Yavé viene en mi ayuda

I: La lectura que hacemos a continuación es uno de los llamados “cánticos del Servidor de Yahveh” que fueron escritos por un profeta que llamamos “el segundo Isaías”; creemos que este personaje acompa­ñó a uno de los grupos del pueblo de Israel que estuvieron en el exilio de Babilonia (s. VI a.C.). Este canto habla de las cualidades de la persona que se convierte en servidor o servidora de un Proyecto social alternativo fundamentado en las relaciones de justicia, equidad y solidaridad.

T: Yavé me ha concedido el poder hablar como su discípulo. Y ha pue­sto en mi boca las palabras para aconsejar como es debido a quien está aburrido o aburrida. Cada mañana, él me despierta y lo escucho como lo hacen los discípulos y las discípulas.

Yavé me ha abierto los oídos y yo no me resistí ni me eché at­rás.

He ofrecido mi espalda a quienes me golpeaban y mis mejillas a quienes me tiraban la barba, y no oculté mi rostro ante las injurias y los salivazos.

Yavé viene en mi ayuda y por eso no me molestan las ofensas. Por eso puse mi cara dura como piedra

Salmo 21: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Todas las personas que me ven de mí se burlan, muecas hacen y mueven la cabeza. “Confía en el Señor, pues que lo libre; que lo salve, si es cierto que es su amigo”.

* Como perros de presa me rodean, me acomete una banda de malvados, mis manos y mis pies han traspasado, y contaron mis huesos uno a uno.
* Se reparten entre sí mis vestiduras y mi túnica se juegan a los dados. Mas tú, Señor, de mí no te separes; auxilio mío, corre a socorrerme.

* Yo hablaré de tu Nombre a mis hermanos y hermanas; te alabaré también en la asamblea. Alaben al Señor sus servidores y servidoras, todo el linaje de Jacob lo aclame, toda la raza de Israel lo tema.

2ªL: Filipenses 2,6-11. El llegó a ser semejante a nosotros y nosotras.

I: Pablo, en su carta a las y los Filipenses, presenta un himno que va descri­bien­do algunas de las cualidades de Jesucristo. Afirma que Jesús supo rebajarse y tomar la condición de servidor; por eso Dios lo supo engran­decer y recompensó su fidelidad haciéndolo salvador de toda la creación: las personas y los seres vivos.

T: El, siendo de condición divina, no reivindicó, en los hechos, la igual­dad con Dios, sino que se despojó, tomando la condición de servidor, y llegó a ser semejante a los seres humanos. Más aún: al verlo, se comprobó que era un ser humano. Se humilló y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte en una cruz.

Por eso Dios lo engrandeció y le concedió el Nombre que está sobre todo nombre, para que, ante el Nombre de Jesús, todos y todas se arrodillen, en los cielos, en la tierra y entre los muertos y muertas. Y toda lengua proclame que Cristo Jesús es El Señor, para gloria de Dios Padre.

Para el diálogo comunitario

1. ¿Qué significado tiene la entrada de Jesús en Jerusalén, montado en un burro?

2. ¿Cómo se explica que el pueblo de Jerusalén reciba a Jesús con tanta alegría, y unos días después pida su muerte?

3. ¿Qué importancia tiene para nosotros y nosotras el que Jesús sea servidor y discípulo de Dios?

Las lecturas que hemos escuchado destacan por un lado la alegría experi­mentada por una parte de la gente del pueblo de Jerusalén, al acompañar a Je­sús en su entrada en Jerusalén; pero por otro lado se nos narra la lectura de la pasión, lo cual puede tener como finalidad comunicarnos que esas personas que sentían una gran alegría al acompañar a Jesús tuvieron que experimentar también el dolor de contemplar su muerte en cruz, como precio pagado por ser fiel al Proyecto de Dios en medio de una sociedad estructuralmente injusta.

1. Un rey montado en un burro

David fue un simple pastor que llegó a ser rey porque Dios lo había escogido (1 Sam 16,11-13). Pero más tarde David olvidó su origen humilde y se hizo un rey, lleno de poder y de rique­za, como los reyes de alrede­dor.

En el tiempo de Jesús muchas personas estaban esperando un rey, descen­diente de David, con suficiente poder, que les librase del poder de los romanos. Por eso, mucha gen­te creía que Jesús sería ese rey. Los mismos discípulos y discípulas de Jesús estaban espe­rando un Reino político al estilo de David. Sin embargo, Jesús escoge el cami­no de la humildad, de la sencillez. No tiene más poder y autoridad que la que procede de su Pa­labra salvadora y de sus acciones en bien de la gente necesi­tada.

Como comunidad tenemos el desafío de imitar a ese Jesús. No podemos a­liarnos con aquellos y aquellas que tienen poder y dinero en este mundo y que lo aprovechan para dominar a quienes son más débiles y sencillas. Como nuestro Maestro debemos poner al servicio de los hermanos y hermanas -y en particular de las y los más débiles- nuestras personas, nuestras cualidades y posibilidades, así como nuestros bienes.

2. La alegría de las personas sencillas y la conspiración de los jefes del pueblo

Tanto entusiasmo de la gente empezó a preocupar al Sanedrín. La popularidad de Jesús subía como la espuma y el pueblo que ya lo tenía por profeta lo quería aclamar como rey. Jesús había causado graves perjuicios a las familias sacerdotales al poner en jaque el lucrativo negocio instalado a la entrada del Templo. Y lo peor de todo: estaba continuamente denunciando la doble moral con la que escribas, fariseos y Sumos Sacerdotes manipulaban al pueblo. La copa rebosó cuando Jesús entró “triunfalmente” a Jerusalén montado en un borrico, dando cumplimiento a una conocida antigua profecía (Zac 9, 9). La gente salía a los caminos para aclamarlo y las autoridades temían que de un momento a otro estallara una revuelta.

Jesús resultaba sospechoso para las autoridades del Templo. Él iba de pueblo en pueblo anunciando una buena noticia a las y los pobres en compañía de un grupo de amigos y amigas. Entraba en contacto con las y los marginados: enfermos, prostitutas, endemoniados… Su voz y su acción eran un rayo de luz que iluminaba la vida triste de las y los campesinos galileos. Para Jesús, la relación del ser humano con Dios era un sendero hacia la libertad y la plenitud. Esta manera de actuar le trajo inevitables conflictos con la autoridad. Ésta no admitía el menor cambio en la interpretación oficial de al ley y la manera de vivir la relación con Dios.

Podemos suponer que no fue la misma gente la que acompañó a Jesús en su entrada en la ciudad de Jerusalén y la que luego pidió su muerte. Debemos suponer que las y los que lo acompañaron era la gente sencilla, la que ha­bían visto sus acciones en favor de las y los pobres y los humildes, y quienes habían oído salir palabras salvado­ras de su boca profética. Mientras tanto los poderosos de Jerusalén (el Sumo Sacerdote, los letrados, los saduceos y los fariseos) estaban tramando su mue­rte e incluso pudieron “convencer” a mucha gente del pueblo a pedir a Pilatos que crucificase a Jesús.

Hoy también hay personas sencillas del pueblo que siguen confiando en Jesús, en sus palabras. Y hay también algunos poderosos que buscan la muer­te de las y los justos, de las y los que defienden los intereses de los más nece­sita­dos y necesitadas. Es importante no ceder ante aquellas personas que quieren comprar nuestra con­cien­cia con regalos, con promesas… Antes bien, debemos mantenernos firmes en el seguimiento de Jesús.

3. Jesús es servidor y es discípulo

La lectura de Isaías que leemos hoy nos habla de un servi­dor de Dios que cumple su misión profética con decisión y valentía. Es un ser­vidor que tiene la misión de estar cerca de las y los hermanos desanimados para saber decirles una palabra de aliento en el momento oportuno.

Jesús no intentaba cambiar nada por la vía de la violencia. El pasaje del profeta Isaías que hoy leemos nos muestra cómo el servidor o servidora del Señor no es la persona que empuña una bandera para suplantar un poder por otro peor, ni una persona ingenua que aguanta toda injusticia. Es más bien el ser humano que enfrenta la injusticia desde la debilidad de su humilde condición humana y confía en que Dios le dará la fuerza para trasformar el sistema vigente. Convicción que comparten muchos seres humanos que a lo largo de la historia han trasformado situaciones de miseria, esclavitud y dominación.

Ese servidor, además, está preparado para las dificultades y los sufri­mientos, porque sabe que la misión profética trae dificultades y conflictos con aquellas personas que se oponen al Proyecto de Dios o con aquellas personas que no quieren cambiar su condición privilegiada en la sociedad. Pero en medio de esa situación el servidor de Dios no tiene miedo ni echa para atrás, porque sabe que Dios está con él y le fortalece.

Los poderosos del tiempo de Jesús creían que acabando con él terminarían con su mensaje y con su Proyecto. Pero la realidad fue otra. Jesús, el Hijo de Dios, fue entrega­do en mano de los principales pecadores, en manos de los poderosos que se decían religiosos pero que adoraban al Dios dinero, y para los cuales la pa­labra y el mensaje de Jesús resultaban peligrosos y desestabilizadores. Por eso decidieron matar­lo.

Nosotros y nosotras, creyentes de hoy, estamos llamados y llamadas, como servidores y servidoras de Dios y de los hermanos y hermanas a con­vertirnos en sus discípulos y discípulas, a tener el oído abierto para escuchar la Palabra que Dios nos dice y para realizar la misión de acompañar a los hermanos y her­manas que han perdido la esperanza ante la dureza de la situación de vida que vivimos en nuestras comunidades, en el país, en el Caribe y América Latina, y en los países empobrecidos del Sur. En ese trabajo nos encon­traremos con dificultades. Pero no debemos tener miedo ni echarnos para atrás, porque Dios está con nosotros y nosotras y nos acompaña en la lucha cotidiana por conseguir mejor calidad de vida para todos y todas.

Oración final: Dios, Padre nuestro, otórganos el don de saber encontrar en el hoy de nuestra historia el sentido profundo de nuestra misión cristiana, para que nos comprometamos con todo lo que implica el seguimiento de Jesús en la sociedad en la que nos ha tocado vivir y construir tu Proyecto de vida y de justicia. Por Jesucristo nuestro hermano mayor.

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