Rivalidad mimética y rivalidad autojustificativa en Antonio González [1]

Antonio González. 2008. El evangelio de la paz y el reinado de Dios. Buenos Aires: Kairós.

Transformar las piedras en pan para alimentar a las multitudes es claramente un milagro destinado a que el Mesías se imponga por la propia exhibición, desde arriba, de su poder. En cambio, invitar a las multitudes a compartir los pocos panes que tienen, esperando que Dios haga lo demás, es un comienzo desde abajo, que implica la fe de los participantes, y que no busca la exhibición personal del Mesías, sino la transformación desde abajo del propio pueblo (p. 39)

Antonio González, profesor de Teología Sistemática del Seminario Evangélico Unido de Teología, de El Escorial, inicia su libro describiendo el marco filosófico que seguirá a lo largo de la obra. En principio, busca distanciarse de una perspectiva «meramente ‘espiritualista’», que supone ver al evangelio de la paz de una manera individual a través del perdón de pecados y la tranquilidad del alma. Se distancia a su vez de la perspectiva «meramente ‘social’», que busca ver el Evangelio como instrumento vital de la no-violencia desde una opción ética y estratégica.

En ambas perspectivas, González ve a la cruz como punto medio de ambas. En cuanto a la cuestión ‘espiritualista’, sostiene que esta descuida la relación que el Evangelio de la paz debe tener con la vida pública y social de los cristianos. En cuanto a la cuestión ‘social’, ve que esta no tiene conexión con el anuncio de la obra redentora de Jesús, ni con la transformación (¿perdón de pecados, tranquilidad?) que ha operado en los corazones de los fieles.

Cabe preguntarse aquí: 1) si es necesaria una bella tensión entre lo ‘espiritualista’ y lo ‘social’, y 2) qué papel entonces presenta la cruz en esa tensión.

En este punto el autor supone que al menos que no se entienda el móvil originario de la oposición a la paz vista en la muerte de Jesús en la cruz, no queda clara a simple vista la obra de Dios en los fieles con esa ruptura.

antonio20gonze1lezLa vía negativa para esta comprensión sugiere preguntarse por el origen de la violencia, para desde ahí entender la respuesta que brinda el Evangelio de la paz. A seguidas, se procede a describir la rivalidad mimética del antropólogo francés René Girard (1923) , como respuesta al estudio de la violencia. Sostiene Girard que la génesis de la violencia se da cuando los seres humanos en sociedad buscan modelos a seguir, ya sea cosas u otras personas, lo que desencadena violencia, porque todas y todos buscan las mismas cosas que se desean. Al desencadenarse el conflicto, surge la necesidad de expulsar (catarsis) a lo que causa el desorden (chivo expiatorio). Ese chivo expiatorio cargará con lo indeseable, y a seguidas se restaura el orden perdido.

Girard usa la leyenda de Caín y Abel para explicar esa dinámica: ambos presentan a Yahvé ofrendas y este se decanta por la de Abel (pimeras y mejores crías), en contraposición con la de Caín (presentó de los frutos del campo). La raíz del nombre Caín denota llegar a tener o adquirir. Nótese aquí el paradigma de provisión. Abel ofrece lo mejor (ovejas, ¿chivo expiatorio?), mientras que Caín ha llegado a tener o adquirido (fruto de la tierra, véase que luego fundó la primera ciudad; ¿poder?).

El asunto es más complejo de lo que parece. González se pregunta si acaso no hay que dirigirse previamente a la leyenda de Adán y Eva en cuanto pretendieron justiciarse a partir de los frutos de sus propias acciones (p. 7). Pero lo cierto es que tanto Eva como Adán imitaron a la serpiente cuando les conminó a comer del fruto prohibido del árbol del bien y del mal.

La competencia de quien produce los mejores bienes tiene una génesis en imitar aquello elevado a la potencia de modelo a seguir. Sólo así se pretenderá lograr una propia identidad desde allí.

Julio de Santa Ana (1934), comentando la mimesis sacrificial de Girard, ilustra muy bien el paradigma del escoger lo mejor, que empieza por dar origen a un sistema que luego requerirá de un chivo expiatorio para recuperar el orden, cuando señala:

Cuando la identidad de un grupo social es llevada a cabo sobre todo mediante símbolos religiosos, se producen varias cosas, de las que aquí deseamos subrayar especialmente dos. Por un lado, el pueblo que perdió su identidad política la reencuentra en lo religioso: es el pueblo «escogido», electo por la divinidad para iluminar, dirigir, encaminar al resto de las naciones. Se produce entonces una distinción radical entre ese pueblo y los otros, que en el campo de la producción simbólica se expresa por medio de la contradicción entre lo puro y lo impuro. [1]

Desde la rivalidad autojustificativa, que es un elemento fundante de la tesis de González, se señala que la rivalidad -en el caso de Caín y Abel – no es el origen de la religión (p. 8), sino que las pretensiones de ambos de justificarse por los frutos de sus acciones es lo que da lugar a una religiosidad alejada de Dios desde la pretensión adámica de la justificación.

Esa autojustificación viene dada por el creer falsamente a las criaturas que prometen vida. Sin embargo en el relato adámico, luego de Adán comer del fruto, come también la mujer; se completa el ciclo de dos. Nótese que en relato de Caín y Abel ambos ofrecen del resultado de  sus oficios, aprobando Yahvé la ofrenda con lo primero y mejor.

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[1] Hugo Assmann (ed.) 1991. Sobre ídolos y sacrificios: René Girard con teólogos de la liberación. San José: DEI

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