De patriarcas y servidumbre

© istockphoto/Serdar Yagci; Poster © Austin Cline

Foto © istockphoto/Serdar Yagci; Póster © Austin Cline

En una sociedad patriarcal, el varón se atribuye a sí mismo la sola autoridad de crear símbolos, mientras que a la mujer se le deja encerrada en la tríada vida-muerte-naturaleza, mientras el primero controla lo externo a su alrededor de la misma manera que controla su cuerpo.

Se les prohíbe a las mujeres participar en ritos religiosos, así como negarles el acceso igualitario a la enseñanza religiosa y el sacerdocio. La participación en la vida política es negada. Se refuerza la dominación masculina en el matrimonio cuando mayormente un varón se casa con una mujer mucho menor que él. Reputándose con mucha extrañeza si sucede el caso inverso.

La administración y supervisión de la casa del marido es una función que históricamente se les ha dado a las mujeres, sin gozar estas de un tiempo de descanso, porque siempre se les está demandando actividad.

En una sociedad patriarcal existe un desequilibrio de la ética sexual. Mientras que a las mujeres se les exige castidad prematrimonial y matrimonial, a los hombres se les tolera y aún se les anima al doble vínculo gratificante con otras mujeres.

Los imaginarios de un sexo masculino activo y un femenino pasivo permean todos los estratos de esta sociedad, de tal modo que enfaticen la dominación de unos sobre otros; como reza la máxima de Aristóteles: «el coraje de un hombre se demuestra cuando gobierna, el de la mujer cuando obedece».[1]

Se acentúa la división de los dos sexos, en el que el varón es considerado racional, fuerte, activo y procreador; mientras que la mujer es considerada emocional, débil, pasiva y receptora de la procreación.

Para justificar tal dicotomía de dominación se leen los textos literalmente, sin reparar en las condiciones y el contexto donde fueron escritos y con que objetivo se escribieron los mismos. Se trata de desproveer a los mismos de todo tipo de interpretación mitológica contextual y se los utiliza como fuente literalista y mandatoria de verdad.

Una de las características más notables del patriarcado es la «cosificación» de la sexualidad y capacidad reproductiva de las mujeres, que son vistas como objetos intercambiables.

La familia patriarcal
En una familia patriarcal los cabezas de familia, al recibir los recursos que reparte el Estado, estos también los reparten a sus mujeres e hijos, reforzando el paradigma de varón como «proveedor».

Existe un doble estándar sexual. Dicotómico para el varón, único para la mujer. La familia es un reflejo del paradigma imperante de dominación, a través del cual se insta a sus miembros a repetir constantemente ese orden.

Los hijos varones son subordinados a sus padres hasta que pasan a ser cabezas de familia. Sin embargo, las hijas y las esposas siempre estarán subordinadas. De «doble subordinación» de las hijas, subordinadas como hijas a los padres y luego como mujeres a los varones, se pasa a una única subordinación cuando estas pasan a estar protegidas o dominadas por un varón.

El adulterio por parte del varón es tolerado en muchas sociedades, pero si este es llevado a cabo por una mujer, esta es lapidada inmisericordemente o bien marginada y tenida por lacra social por haber mancillado el «honor familiar».


[1] Aristóteles, Política (trad. De Benjamin Jowett). En W. D. Ross, ed., The Works of Aristotle, Oxford, 1921. 1.260a, 11-13, 24-25. Citado por Lerner, Gerda. 1990. La creación del patriarcado. Barcelona: Editorial Crítica.

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