Reseña Manual de bolsillo – Historia de la teología, por Olson e English

Manual de bolsillo – Historia de la teologiaOlson, Roger E. e English, Adam C. 2007. Manual de bolsillo – Historia de la teología. Traducido por Andrés Carrodeguas. Miami: Editorial Unilit

Roger E. Olson, destacado profesor de teología en el George W. Truett Theological Seminary de Waco, Texas, y Adam C. English, del Departamento de Religión y Filosofía de la Campbell University de Buies Creek, North Carolina, son los autores de este práctico manual de bolsillo, publicado originalmente en inglés por InterVarsity Press en 2005. Tanto Olson como English son ministros bautistas ordenados.

El libro inicia con un Primer acto, en donde los autores datan los inicios de la teología en la generación posterior a los apóstoles cristianos, destacando los embates del gnosticismo y de Celso al cristianismo, y la defensa que de él hicieron los padres apostólicos. En esta parte, se señalan las historias de Ignacio de Antioquía y del Pastor de Hermas.

Los apologistas, el otro grupo de eruditos, que aparte de los padres apostólicos, tuvieron importancia capital, en los primeros siglos de la teología, defendieron la fe cristiana utilizando el recurso de la filosofía helenista, que ya había permeado la fe y la teología cristianas. Justino Mártir en especial, desarrolló el concepto del Logos spermatikos, que denota la «simiente del Logos» que está presente en cada uno de los seres humanos. Este concepto vendría a ser pivotal en el desarrollo y debate de la cristología en los siglos posteriores.

El concepto de «recapitulación» que desarrolló Ireneo de Lyon desató las primeras tensiones y controversias en la teología. Con ese concepto se pretendía responder a la cuestión del rol de Cristo en la salvación de la humanidad.

El clímax de la construcción de la síntesis de la filosofía helenista y la teología cristiana, se dio con Orígenes de Alejandría, a partir de su uso del método alegórico para interpretar las Escrituras, y la inmutabilidad de Dios, oponiéndose a todo cambio ontológico real en la deidad (p. 25).

El Segundo acto, titulado Se complica la trama, inicia con el Concilio de Nicea, llevado a cabo en 325, convocado a fines de resolver el agrio conflicto desatado entre Alejandro de Alejandría y Arrio, sobre la naturaleza y relación del Padre y el Hijo. El Concilio declaró herético el arrianismo –el conjunto de doctrinas y teología propuesto por Arrio-, y a la vez decretó el Credo Niceno, una declaración conjunta en la cual se afirmaba la indivisible unión del Padre y del Hijo, destacando a la vez su consustancialidad.

Pero poco a poco el arrianismo fue ganando la aceptación de obispos. Dicho sistema se venía presentando en varias formas, unas moderadas y otras más extremas. Gracias a la obra de tres grandes padres capadocios, el arrianismo no pudo imponerse finalmente. Ellos fueron Basilio Magno, Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianceno (p. 36).

Fue convocado el Concilio de Constantinopla, que condenó definitivamente el arrianismo, expulsando y exiliando a aquellos obispos que se adherían a ese sistema teológico. Se elaboró una versión más amplia del Credo Niceno, que se le denominó Credo Niceno-Constantinopolitano.

En el siglo V otra controversia suscitada esta vez por Nestorio y Cirilo. En esa ocasión el punto de debate era la forma en cómo sucedía la unión del Padre y del Hijo, lo que provocó un tercer concilio ecuménico celebrado en Éfeso en 431. La «Fórmula de Reunión» aplacó la controversia e impidió el cisma total entre Antioquía y Alejandría.

El Tercer acto reseña los eventos más trascendentales en la teología medieval: el gran legado de Agustín de Hipona, sus debates con Pelagio, el liderazgo definitivo del papado romano y el primer cisma eclesiástico de la historia, entre la Iglesia occidental y la oriental, que vino dada por la controversia en la doctrina de la mutua procedencia del Espíritu Santo del Padre y del Hijo.

El escolasticismo, con Anselmo y Tomás de Aquino, llevó a la teología a niveles insospechados. Este sistema empezó por probar filosóficamente la doctrina de la Encarnación, para luego ampliar la doctrina de la expiación en un sentido más práctico con la «teoría de la satisfacción» de Anselmo.

Al hablar de Tomás de Aquino, los autores señalan sus grandes aportes a la teología cristiana, y en especial a la católica romana, en cuanto a su explicación del uso del lenguaje para referirse a Dios. Aquino enfatiza que «todas las descripciones de Dios no son más que analogías» (p. 72), y con esto se denota no quién es Dios, sino a qué se parece Dios.

El Cuarto acto trata sobre la Reforma Protestante del siglo XVI, tratando en especial las contribuciones de Martín Lutero, Ulrico Zuinglio y Juan Calvino, éstos dos últimos llamados los «padres de la teología reformada», que debe distinguirse de la salida luterana –de Lutero- en el sentido sistemático que éstos plasmaron. La justificación por la fe y la soberanía de Dios fueron los temas dominantes por esos años.

Los reformadores radicales buscaban recuperar las raíces comunitarias del cristianismo. Entendían que se habían perdido y que la religión cristiana había bebido de muchas fuentes que necesitaban ser sustituidas de cuajo. Fueron llamados despectivamente «anabautistas», porque enfatizaban en la necesidad de volver a bautizarse, porque entendían que el bautismo de infantes no era aceptado conscientemente por la persona.

Continúa el capítulo describiendo la reforma inglesa, la contrarreforma Católica Romana del Concilio de Trento y el Sínodo de Dort, por medio del cual se estableció como doctrina oficial protestante reformada: la Depravación total, la Elección incondicional, la Expiación limitada, la Gracia irresistible y la Perseverancia de los santos. A esta doctrina se dio por llamarle TULIP, por sus siglas en inglés. Jacobo Arminio encabezaba el grupo de quienes no estaban de acuerdo con esta doctrina, tildándola de reducccionista.

Nuevos movimientos de reforma se suscitaron a lo interno de las corrientes protestantes: los pietistas buscaban inyectar una teología subjetiva de la salvación en la persona; los puritanos enfatizaban en «una iglesia purificada, una relación de pacto entre Dios y los elegidos, y una sociedad cristianizada» (p. 96); mientras que los metodistas, sin proponérselo, crearon una nueva denominación al margen de la teología inglesa establecida, enfatizando lo que se dio por llamar el «cuadrilátero wesleyano» -llamado así por John Wesley, fundador del movimiento-: las cuatro fuentes de la teología: las Escrituras, la razón, la tradición y la experiencia.

El quinto y último acto detalla el caminar de la teología en los siglos recientes, desde la teología liberal de Friedrich Schleiermacher, que propugnaba por un repensamiento de la teología y la necesidad tautológica del ser humano a depender por completo de algo infinito. A esa sensación, él le llamó Gefühl. A finales del siglo XIX y principios del XX, pensadores conservadores como D. L. Moody y B. B. Warfield empezaron a preocuparse por el descollo académico que había alcanzado la teología liberal. Es por esto que con sus escritos y cruzadas de avivamiento animaron a la gente a descubrir los «fundamentos» de la fe cristiana.

Una «tercera vía» surgió en la tercera década del siglo XX. Karl Barth, teólogo suizo, quiso recuperar una «teología de la Palabra de Dios». Rechazaba la infalibilidad de las Escrituras, a la vez que mantenía a la Biblia en alta estima. Sostenía que Jesucristo era la Palabra de Dios y que a Dios debe conocérsele en Jesucristo.

La obra termina con la diversidad de la teología alcanzada en los últimos cincuenta años, deteniéndose en mayor medida en la teología evangélica y las teologías de la liberación. En cuanto a la primera, los autores señalan que dos grupos se disputan quién en realidad representa al movimiento evangélico contemporáneo: los fundamentalistas, por un lado, que insisten en la inerrancia e infalibilidad de la Biblia y en la ortodoxia protestante, y por otro lado, los neoevangélicos abogan por el evangelismo, la conversión y la espiritualidad.

En cuanto a los teologías de la liberación, señalan los autores que a partir de la década de 1970, grupos de cristianos oprimidos en lo social, económico y político en las Américas comenzaron a desarrollar teologías desde sus mismos contextos de opresión, que les permitieran llamar la atención sobre lo que consideraban debía cambiar en la teología, la sociedad y la política. Dos ejemplos son James Cone, considerado el padre de la teología afroamericana, y Gustavo Gutiérrez, considerado el fundador de la teología latinoamericana de la liberación. Ambos escribieron los libros definitivos de sus respectivos movimientos que aún hoy en día tienen gran influencia entre los teólogos y las teólogas liberacionistas. La teología feminista denota los imaginarios patriarcales que incuban sistemas opresores no sólo de género, sino también de todo tipo.

Concluyen los autores por apostar a un nuevo trillar de la teología en donde su próximo gran aporte a la historia se hará desde el llamado «mundo de los dos tercios».

Este libro es recomendable para tener una idea general y bien resumida de la historia de la teología. Ideal para leer mientras se espera por un autobús, en el parque, o estudio en grupos.

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