«Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él»

© Maximino Cerezo

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«Éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él», palabras de esa voz salida de una nube luminosa en el relato de Mateo 17, 1-13, que anunciaba la llegada del Reino de Dios seis u ocho días después de que Jesús de Nazaret les asegurara a sus discípulos que “algunos de los aquí presentes no sufrirán la muerte sin antes haber visto al Hijo del hombre llegar en su reino” (Mt 16, 28). Luego del fenómeno de la transfiguración -según Phyllis Tickle, el original de esta palabra significa algo así como metamorfosis– Jesús es inquirido por Juan, Jacobo y Pedro -los discípulos testigos del fenómeno-, acerca de si el profeta Elías tenía que manifestarse antes de que viniera el Mesías. Jesús les aclara que ya ese precursor había venido. Entonces entendieron que se refería a Juan el Bautista (Mt 17, 13).

Moisés es La Ley que espera por el tiempo adecuado para cumplirse; Elías es el cumplimiento de esa Ley en carne propia. De Moisés se dice que se desconoce el lugar de su sepultura (Det 34, 6), mientras que en 2 R 2, 11 se relata que Elías fue llevado al cielo en un tornado. Al comprender la tríada de discípulos lo que tramaba Jesús, entendieron entonces que el Reino de Dios había llegado y que Jesús se proponía “restaurar todas las cosas”, pero que iba a morir por esa causa.

«¡Escúchenlo!» denota llamado al compromiso. Estos tres hombres estaban dudosos de en qué meollo se estaban metiendo. Pero Jesús les dice “no tengan miedo” (Mt 17, 7).

Las mismas palabras «éste es mi Hijo amado; estoy muy complacido con él», dijo la voz del cielo una vez Jesús fue bautizado (Mt 3, 17). Podríamos imaginarnos la escena: una avalancha de gente siendo bautizada y Jesús, que todavía no era conocido, pues apenas iniciaba su ministerio, se coló entre la gente, tomando su turno para ser bautizado en las aguas del río Jordán, mítico símbolo de la Galilea del primer siglo.

“Levántense” supone que es hora de echar a andar el compromiso. Jesús le hace saber a sus discípulos que la epifanía ya había pasado. Era hora de levantarse y caminar por los polvorientos caminos de Galilea dando a conocer a la gente el mensaje que traía el predicador de Galilea.

6 de agosto: Fiesta de la Transfiguración de Nuestro Señor Jesucristo

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